Que yo moría por lamerte la punta de los dedos después de que recorrieses cada recoveco de mi piel con ellos.

Moría porque recorrieses mi piel de cualquier manera.

Moría por enseñarte los lunares que desconociste y porque tú me recordases los que olvidé que tenías.

Morí de miedo a que te fueras y ahora me muero por enseñarte lo que soy cuando no me queda miedo.

Moría cuando te confesabas morir por mi, y morí por última vez cuando te descubrí vivo en una espalda que no era la mía.

Tantas veces he muerto por ti que tu ausencia traspasa ya mi carne

y yo no puedo sentir nada.

 

Tantas veces he muerto por ti,

corazón desastre,

que apenas me quedan entrañas que encoger y si volvieses,

si acaso lo hicieras,

te dejaría las palmas de mis manos

llenas de ruinas

para que al soplarlas,

me reconstruyeras.

 

Y si volvieses,

sólo si acaso lo hicieras,

yo podría enseñarte cómo se sobrevive al desastre de un pecho en llamas.

Y recomponernos, rompernos, incendiarnos, sentirnos o llenarnos, pero abrazándonos.

 

Que yo he muerto tantas veces por ti que ya no tengo miedo a que te vayas.

Lo que de verdad me asusta es enfrentarme a lo que queda de mi sin ti.

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Siempre he tenido un problema con los cantautores que gritan. Y es que me atrapan, me dejan en bucle.

No entiendo la música si no es con esa garra en la garganta. Y Luis Fercán, aquí, te grita hasta hacerme daño a mi.

Y yo no tengo absolutamente nada más que decir. No me sale.

Qué impotencia, amor. Qué absoluta y absurda impotencia.

”No me dio la gana de cerrar la herida y la esperé.”

Andrés Suárez.

 

Te sigo echando de menos de una manera que todavía no entiendo.

Se me oxidan las yemas de los dedos cuando la imagino acercarse a ti  con un libro entre las manos.

No dejes nunca que te lea nada, hazme ese favor. Y si lo hace, no me lo vayas a contar jamás. No soportaría haberme quedado sin eso también.

No tengo muy claro cómo quiero empezar esto, pero necesitaba contarte de alguna manera que sigo teniendo tu vida en mi espalda.

Que la gata hace dos semanas  que destrozó el naranjo y que a mí me dio por llorar.

Pero que hoy he soñado contigo, y al despertarme he vuelto a poner otro, a ver si germina y sigues estando aquí de alguna manera.

(Este empeño mío de conservarte, de no creerme un adiós mecánico, me va a acabar costando un par de ataques de ansiedad. Pero no te preocupes, eso es señal de que me sigue latiendo el pecho.)

Necesitaba contarte de alguna manera que no consigo calmarme la sed. Que tengo la boca seca y que la lengua se me está cayendo a pedazos sin tu saliva. Que por eso escribo más de lo que hablo.

Que está a punto de llegar la primavera y que yo me muero de miedo, amor. Porque un día me dijiste que no entendías cómo era posible que te acordases de mí con cada cielo gris.

Y desde entonces me gusta el mal tiempo porque cada vez que llueve, me imagino que te llueve a ti también, que piensas en mí, y me siento menos sola.

Por eso me asusta que se nos vaya el invierno y todo sea sol y ningún recuerdo para ti.

Ojalá pudiese explicártelo de un modo más sencillo.

Pero ya no sé si estás. Por primera vez puedo decir que ya no sé si estás. Y yo no sé qué hacer con estas ganas de cambiarte la vida de vuelta y colmarte de besos los párpados.

Y necesitaba contarte de alguna manera que no me creo nada de lo que dijiste la última vez. Que ojalá sí, y que toda esta ausencia valiese la pena, la alegría, los orgasmos y la risa.

Pero que no. Que no me lo creo.

Y que mientras tanto te sigo echando de menos y sigo sin entender tanto desastre.

Ojalá pudieses explicármelo de un modo más sencillo.

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”Ojalá hubieses sido menos bala y más valor.”

Ana Barrero.